BASTA YA DE CELEBRACIONES QUE NO CORRESPONDEN A LA VERDAD HISTÓRICA.

Por Jorge Gamboa,
Secretario Regional del PTC Valle del Cauca
mogambo48@hotmail.com

Nos aprestamos a celebrar un aniversario más de los hechos históricos del 3 de julio de 1.810, alrededor de los cuales hay una sana polémica entre representantes de la Academia de Historia del Valle del Cauca y catedráticos e investigadores sobre qué tan “grito de independencia” fueron los hechos y la proclama del 3 de julio de 1.810 contenida en la declaración del Cabildo de Cali, documento que estuvo extraviado por 180 años, lo que ayudó a la confusión sobre lo sucedido.

Pero luego de que apareciera el Acta en el Archivo Nacional de Colombia, y se conocieran las actas de las reuniones de Las Ciudades Confederadas, la correspondencia entre los líderes del Cabildo de Cali, y el testamento de Joaquín de Caycedo y Cuero antes del fusilamiento en Pasto, no hay razón histórica ni ética para seguir celebrando el 3 de julio como el día del “grito de la independencia”. Menos aún después de que se conociera el artículo del Presidente de la Academia de Historia del Valle del Cauca Luis Antonio Cuéllar, quien refiriéndose al tema, reconoció en escrito publicado en el Diario El País del 4 de julio de 2013: “(…) Que no hubo Grito de Independencia; que por el contrario hubo adhesión al bien amado rey Fernando VII. Eso es cierto, y por eso es necesario explicar la razón que tuvieron nuestros cabildantes, obrando con absoluta sabiduría y prudencia.(…)”

Hechas las claridades y el reconocimiento de lo que en efecto sucedió, considero lo del 3 de julio de 1.810 en el marco de la rebelión autonomista, como un movimiento precursor de la independencia que tuvo expresiones similares en Quito y distintas ciudades de nuestro territorio nacional, antes y después de haberlo hecho Cali.

Lo más importante es destacar, que ese movimiento autonomista fue necesario y logró profundizar las diferencias entre la élite criolla de los descendientes de españoles nacidos en América, y las autoridades de la Corona. Que esa ruptura fue clave porque abrió el camino de la independencia y debilitó a las fuerzas realistas, como sucedió en toda la América Hispana, así en los albores no plantearan de manera contundente la independencia y en cambio juraran fidelidad al Rey Fernando VII, quien había entrado en desgracias por la invasión napoleónica a España, lo que configuró una razón más que facilitaba la liberación de las colonias de la América Hispana.
Y debemos reconocer también que la batalla del Bajo Palacé, que enfrentó por primera vez a los criollos fieles a Fernando VII contra el auténtico representante de la Corona, el gobernador de Popayán Miguel Tacón y Rosique, fue violenta, dejó muchos muertos y heridos, alejó toda posibilidad de entendimiento con las autoridades españolas, y desbrozó el camino de la guerra como única alternativa para ser soberanos. Pero esto es contradictorio con la posición del señor Joaquín de Caycedo y Cuero, quien a pesar de haber probado el rigor del hierro realista, el mismo día de su fusilamiento dijo: “ Juro fidelidad a nuestro católico Monarca, la sello con mi sangre y deseo morir en el cumplimiento de nuestra Santa Ley y obediencia de nuestra Santa Madre la Iglesia para lo cual pido perdón a Dios de mis pecados…”
Por eso tampoco puede aceptarse la excusa que el presidente de la Academia de Historia del Valle del Cauca se le ocurrió para justificar el realismo de los protagonistas del 3 de julio en el escrito antes reseñado, y después de referirse a la crueldad de los españoles: “Con tales antecedentes, preguntamos, ¿alguien podría sin correr semejantes peligros, dejar constancia de un grito como los de la Revolución Francesa: ¡Abajo el mal gobierno! o ¡muera el Rey!, sin pensar en su vida, en la tranquilidad de su familia, en la paz de la ciudad y la región?
En ese marco de ideas hay que aceptar que los muertos en combate y fusilados de la élite criolla, más los indios y los negros esclavos que eran el grueso de las tropas autonomistas, merecen también la distinción de héroes y mártires, así la élite criolla haya sido el factor dirigente.

Gloria eterna entonces a los padres que ganaron la guerra, como lo dice nuestro bello himno, a los que con nombre propio y apellidos llenaron las páginas de la historia, tienen monumentos y placas en reconocimiento, pero también ¡gloria eterna! para los indios, negros y mulatos anónimos, que con su sangre nos dieron la libertad.

¿Y cómo rectificar el engaños histórico a que seguimos asistiendo año tras año cada 3 de julio? Pues muy sencillo, si no hay la capacidad plena de ser autocríticos de parte de las “autoridades” en la materia, corresponde a los educadores y sectores más avanzados de nuestra sociedad, como mínimo, dar a conocer los documentos de la época.